Irene
Envidio a las señoras mayores, las que ya no tienen nada que esperar en esta vida y sólo les queda dejar de respirar, las que no necesitan ir de un sitio para otro con urgencia, haciendo siempre cosas, cumpliendo tareas u obligaciones, envidio a los ancianos porque ellos ya no tienen que justificarse ni explicarse ante nadie, porque a nadie tienen que rendir cuentas, porque la sociedad no les exige nada y por lo tanto pueden no hacer nada si les da la gana, porque esperan pacientemente el segundo final, la última despedida, el Suspiro letal, el último cansancio, porque ya nada le deben a la vida ni a nadie.
Envidio a toda esa gente que sólo tiene que recibir a la muerte para poner punto final a la existencia, al cansancio, al repetirse de los días. Cuando los veo por la calle, paseando, esperando el autobús, hablando con otros ancianos, sentados en el parque, viendo pasar las horas, las tardes hasta que agonizan, contemplando a todos los que se quedan cuando ellos ya no estén, cuando los veo con la mirada puesta en los demás presiento que no deben sentir envidia de los demás, que los observan con compasión, con pena porque ahí se quedan para rendir cuentas a un verdugo invisible pero latente y despiadado, una fiera sin escrúpulos que nos manipula a todos con un látigo en la mano. Envidio la mano temblorosa, el paso lento y costoso, la silenciosa lucidez de la mirada, la brisa de la tarde acariciándoles los años, el tiempo detenido en sus andares como una merecida recompensa. Envidio todo éso en los ancianos y más todavía, el suave mecer del último latido, fuera de todo límite, más allá de cualquier frontera, desencadenados, lejos del verdugo, para siempre fuera del látigo...


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